miércoles, enero 24, 2018

Algoritmo hacia la sexta extinción

No se niega que los hábitos humanos  impactan en  el medio ambiente.  Es muy común que se hable de salvar al planeta,  pero lo que corre peligro es nuestra civilización que cada vez ocasiona daños más acelerados y profundos en el entorno que nos garantiza la vida.

La humanidad está en riesgo, pero lo estamos abordando tal como asimilamos y hemos esperado el apocalipsis cristiano durante ya varios siglos. Se habla del final de mundo cuando nuestra preocupación real debe ser el final de nuestra especie, la extinción de los mamíferos y la extinción  de todas las especies amenazadas por el avance de la civilización.

El planeta  puede soportar mucho más daños de los que le ocasionan nuestros hábitos, nosotros no. Nuestra civilización se ha garantizado a sí misma el destino de Eresictón, quien según Ovideo  “llegó a profanar con el hacha un bosque de Deméter, ultrajando sus vetustos  árboles con el hierro” y como consecuencia de haber enfurecido a una de las habitantes del Olimpo, Eresictón fue condenado a un hambre que terminó hasta cuando finalmente se comió a sí mismo. Nuestra civilización ya suma bastantes bosques y muchas otras cosas que están bajo el dominio de Deméter.
El hombre está en peligro, por ende la civilización, pero nosotros estamos preocupados por el fin del mundo y por la destrucción del planeta.  Mundo y planeta no significan lo mismo  pero vinculamos los finales de ambos por herencia Cristiana más que por evidencia científica, al menos así se evidencia en versículos como Apocalipsis 21:1 cuando Juan afirma “Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar”. Para el cristianismo, desde el Génesis y a lo largo de la biblia queda claro que el planeta es anterior a al mundo y no son la misma cosa, sin embargo los finales de ambos están encadenados, pues primeramente es destruido el mundo, luego el planeta. Hasta el día de ahora, a pesar de nuestras armas de destrucción masiva, somos capaces de destruir el mundo, somos capaces de destruir hasta al último de los hombres, pero no somos capaces de destruir el planeta.
Como humanos hace mucho comprendimos que la tierra no es el centro del universo, pero seguimos relacionando la extinción o final del hombre con la destrucción del planeta. Creo que cada vez es más grande el número de personas que temen a un fin del mundo dado por nuestras propias obras y no por la irá de los dioses.  Sin embargo todavía nos sentimos el centro del universo, todavía nos creemos el centro del planeta y consideramos que nuestro final, será el final de todo como que el pensamiento y la existencia humana conformaran un motor que hace girar al planeta.
Nuestro mundo, nuestra civilización es algo así como un suicidio colectivo que hemos venido realizando por capítulos. No importa si fuimos expulsados del Edén o si venimos de una larga cadena de mutaciones genéticas,  lo evidente es que nuestras obras, nuestros hábitos han arrastrado a la extinción a otros mamíferos, a otros seres. Nuestra principal diferencia con los otros hominidos no es tener pulgares, caminar erguidos o utilizar lenguaje articulado. Lo que nos diferencia de manera más marcada de otros hominidos, de otros mamíferos y  especies, es que nuestro comportamiento gregario tiende en sentido opuesto a la conservación y supervivencia. 
Parece que estamos confiados a que alguien construya un Arca y nos larguemos a intentar el  mismo mundo mierda en otro planeta. Algunos aspiran a salvarse a sí mismos para vivir entre calles de oro y mares de cristal, otros se conforman con que los hombres de ciencia descubran un planeta que tenga agua y oxígeno. No importa lo que uno pueda creer o desear, estamos en peligro de extinguirnos desde que decidimos  llamar civilización al resultado de haber silenciado el instinto. 

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